69, placer de chocolate – Carolina Ibar

En muchas ocasiones las chicas de Sexyvoz nos juntamos a tomar algo, a cenar o a bailar. No todas, porque como ya sabéis el teléfono erótico siempre está atendido para todos y todas las personas que quieran disfrutar de un sexo placentero.
En esas reuniones es inevitable que a alguna se le escape alguna experiencia que le haya llamado la atención en la línea erótica, y el otro día comentaba a mis amigas una que me causó un gran placer. Por eso también la quiero compartir con todos vosotros en este relato erótico.

No ocurrió hace mucho, tan sólo hace un par de semanas. Era por la tarde, una de esas que a nadie le apetece salir de casa por la lluvia y además más tarde había futbol. Lo ideal para quedarse a buen reguardo disfrutando de los placeres del sexo. Así se lo tomó mi amante virtual, ese que me impactó y con el que gocé hasta la saciedad en un placentero 69.

PREPARANDO UN 69, LOS MEJORES JUEGOS SEXUALES

Tengo que reconocer que la inmensa mayoría de hombres y mujeres me llaman porque tengo unas tetas bastante voluminosas. Y son su perdición, todos y todas quieren de alguna manera jugar con ellas. Aquel tío no era una excepción:

• Hola Carolina. Porque eres Carolina, ¿verdad?
– Si cariño, lo soy.
• Te he visto en la web – comentó como si fuera algo extraño.
– Si, bueno, cuelgo mis fotos de vez en cuando.
• Pues yo las he visto, je, je.
– Me alegro cielo. ¿Y te gustan?
• ¿Qué si me gustan? Vamos que si me gustan, se me ocurren mil cosas para divertirnos como locos.

Hasta aquí, uno más que parece que en lugar de hablar con una chica sólo hablaba con dos tetas. Pero el destino quiso que no fuera sólo eso:

• Debo confesarte una cosa – cambiado el tono totalmente – me encantan las mujeres como tú. Además de ese pecho maravilloso, seguro que eres caliente como yo. E imagino que lo de las tetas te lo habrán dicho ya infinidad de veces.
– Pues para que te voy a engañar, todos los días.
• Lo sabía. Es que llaman mucho la atención. Y ahora, ¿qué llevas puesto?
– Pues sólo una especie de salto de cama de seda. Nada más.
• Vaya delicia. Quién pudiera estar a tu lado.
– Lo estás cielo, de alguna manera lo estás.
• Si, pero de verdad. Lo pasaríamos muy bien.
– Prueba por aquí. Puedo hacer maravillas.
• ¿Si? ¿Como qué? Dime un ejemplo.
– Pues lo que más les gusta a los hombres es la cubanita, acompañado de un rico francés natural.
• Bueno, no está mal. Pero con un pecho como ese, seguro que se pueden hacer más cosas divertidas.
– Si, pues ahora dime tú un ejemplo.
• Es que mejor que decirlo, podríamos probar. ¿eres una chica golosa?
– Si te refieres al dulce, es mi perdición.
• Si, a eso me refiero.
– Pues soy un peligro, cada vez que hago la compra lleno el carro de todo tipo de dulces, helados a pesar de que sea aún primavera, y cosas así.
• Estoy de suerte, yo soy igual. Muy dulce en todos los sentidos.
– Y lo bueno es que no engordo. Sólo mis tetas, pero el resto lo quemo con esto del sexo telefónico.
• Qué envidia, todo el día caliente.
– Si, me gusta el sexo, para qué lo voy a negar. Para mí es como una forma de vida, y en este trabajo me siento realizada.
• Estaba pensando una cosa.
– Tú me dirás.
• Me dices que te gusta el dulce.
– Mucho.
• Y que tienes helados.
– Si, de todo tipo.
• Pues podríamos ir los dos a la nevera a ver qué encontramos.
– Pero yo no tengo hambre ahora.
• No es para comer, ¿vamos?

Me desconcertaba, pero no sé por qué le hice caso y me planté en la cocina hablando con él:

– Ya tengo la puerta abierta del frigorífico. ¿Quieres tomar algo? – le pregunté con cierta ironía.
• Si. ¿De qué tienes los helados?
– Elige sabor.
• ¿De chocolate?
– De esos tengo varios
• Pues uno que sólo sea chocolate, sin nada más.
– Mi preferido es uno belga. Lo compro por botes de medio litro.
• Quiero ese.
– Ven, te invito.
• Si, pero quiero que cojas una cucharita y los dos comamos de él.
– Ahora sí que ya no puedo resistirme. Voy a empezar una tarrina que no está demasiado congelada.
• Perfecto. ¿Vamos con ella a la cama?
– Claro. ¿Dónde si no?

Había creado sin casi darme cuenta un clima de cierta complicidad. Me sentía cómoda con él. Pero me extrañaba que aún no hubiera atacado. Y sentía curiosidad por saber cuándo lo haría. De momento yo esperaba en la cama, con mi salto de cama desabrochado y chupando la primera cucharada de helado de chocolate esperando que lo mejor del sexo llegara:

• ¿Estarás disfrutando de tu helado?
– No lo sabes bien, es un placer de dioses, en la camita y con mi helado. ¿No quieres un poquito?
• ¡Pensé que no me lo ibas a decir nunca! Pero compartimos cuchara, ¿vale?
– Claro, con mucho gusto, cuchara y todo lo que quieras.
• Pues entonces hacemos una cosa. Come un gran trozo y lo probamos los dos con un beso infinito.

Qué bien le quedó la frase. Me encantó. Además lo imaginé y comencé a notar cómo empezaba a estar húmeda casi en un instante:

– Me encanta cielo, nunca había compartido un beso tan dulce.
• Y a mí, siento cómo se derrite el helado dentro de nuestras bocas. ¡Me excita!
– ¡Y a mí!
• Pues de eso se trata, cielo. Vayamos un poco más allá, ponte una cucharadita repartida por tus pezones. ¿Quieres?
– Cielo, me voy a helar.
• Bueno, si no quieres, nada.
– Si, espera, voy.
• Um, cómo los imagino.
– Pues ahora duritos con el frío del helado.
• Perfecto. Porque quiero mucho más helado y de qué mejor manera que tomarlo lamiendo tus tetas, tus pezones.
– Si, pero no pares. Ahora no pares de hacerlo.
• Claro que no, seguiré hasta que me relama de gusto.

Yo tenía la suerte de poder coger mis pechos y llevarme los pezones a la boca. No lo solía hacer, pero en aquella ocasión no podía resistirme a lamérmelos. Me encantaba el sabor a chocolate junto con el de mi piel. ¡Qué hallazgo! No paré de chupar hasta que me lo comí entero y fue entonces cuando noté la sensación de que quería más.

– Me reparto más helado, amor. Me encanta cómo te lo comes todo.
• Si, pero ahora no sólo por los pezones.
– Vale

Cogí varias cucharadas de helado de chocolate y, casi de manera compulsiva, lo restregué por mis tetas. Deseaba que me las comieran así. Lamiéndomelas sin parar. Como un niño con su piruleta. Notaba que así lo hacía y eso me excitaba aún más y más.

– Cariño, estoy manchada por todas partes. Parezco una de esas luchadoras que se desnudan para combatir en el barro.
• No te preocupes amor, yo no paro de lamer todo tu cuerpo. Siento que el helado derretido llega hasta más debajo del ombligo.
– Si, cómo lo sabes, además con mis dedos manchados me estoy tocando.
• Eso si que me pone, um. Un coñito húmedo con sabor a chocolate. No dejaré nada de helado ni siquiera de tus jugos, lo lamo todo, todo tu cuerpo.

Estaba tan excitada que no me importaba meter los dedos en la tarrina de helado. Me manchaba por todas partes, allá donde más me excitaba. Sentía cómo aquel hombre me lamía el cuerpo y eso me ponía muy caliente. Me preparaba para lo que sería un orgasmo muy intenso, por ello agarré mi consolador, lo hundí en el recipiente del helado, y comencé a chuparlo.

– Ahora cielo, te toca a ti. Quiero que tengas tanto helado en la polla que no voy a parar hasta que se mezcle con tu semen. Y por supuesto luego me tragaré todo. ¡Un rico batido!
• Guau, eso quiero, sí, ¡debe ser una sensación única! Allá que voy a restregármela con helado, que yo también tengo.
– Si cariño, empezamos por el glande, es lo que más me pone, pero no dejes de tocarme.
• No, eso jamás, ya te dije que quiero que te corras conmigo, me encanta el sabor, el olor, el tacto de tu piel. Además, con nadie había hecho tantas cochinadas especiales.
– Sigue, cielo, tú sigue, chupa también mis dedos empapados de chocolate.
• Claro, todo. Ya me he colocado una bola en la punta. Qué escalofríos, así que, o la chupas, o se me viene abajo.
– La chupo, um, qué rica, una polla de chocolate. Mis dos placeres juntos.
• Dale, dale fuerte! – me decía ya casi sin poder controlar una excitación brutal.
– Si, eso hago – mientras volvía a poner más helado en el consolador.
• Pero qué viciosa eres, cómo me gustas, así si que da gusto que te la coman.

69, SABOR A CHOCOLATE

Notaba que él estaba a punto, y yo aceleraba el ritmo de mi masturbación. Decidí jugar con el consolador, metiéndolo poco a poco. Entraba con facilidad, estaba tan caliente, chorreaba tanto:

• ¡Ahora un 69! Coge mucho helado y póntelo en el coño y el culo. Yo haré los mismo con mi polla.
– Si, perfecto. Nos correremos a la vez. Tendrás una mamada de infarto.
• Si, pero vamos, no aguanto mucho más. Estoy tan caliente que me duelen los huevos.

No iba a tardar mucho en correrse, lo presentía por los ruidos, la voz casi débil, sus gemidos de placer inmerso en aquél 69. Pero no quería que antes de que eyaculara me quedara a dos velas. Intensifiqué el ritmo, yo también estaba a punto:

– Chupa amor, chupa. Yo no paro de comértela.
• Si, dale.
– Vamos cielo, estoy empapada de chocolate, toda tuya.
• Si, si, cómo me gusta.
– La como entera, hasta tus huevos.
• Sigue, sigue, no pares.

Ya me quedaban segundos, no podía esperar más:

– Cielo, me voy a correr, vamos, tú también, la lamo con intensidad.
• Sigue, más, sigue, más – me gritó con un fuerte alarido como si le estuvieran matando.
– Mi coño arde, me corro, me corro!
• ¡¡¡¡¡¡Y yo!!!!! Ah, ah, qué placer, ¡Dios! Chupa, chupa, no pares, yo no dejo de hacerlo.
– Si, me encanta ese batido tuyo, cómo me gustará beberlo entero. Mis dos vicios, qué placer.
• Y yo chupo el tuyo – me comentó a través de la línea erótica, con la voz casi apagada por el orgasmo de aquél 69.
– Um. Qué placer.
• Si, si, no sabía que eras tan caliente.
– Mucho, cielo, mucho.
• Jo, cómo me encantaría follarte.
– Y a mi que lo hicieras.
• Ahora estoy hecho un cromo. Tengo helado por todas partes. Sé que es un corta rollo, pero si no voy a la ducha pronto voy a poner todo perdido, amor.
– Si, a mi me pasa lo mismo, cielo.
• Te llamaré. Pero prométeme que hoy comprarás más helado.
– Te lo prometo.
• ¡Y un poco de nata!
– Si, tranquilo, la compraré.
• Ya verás qué cóctel hacemos, cielo.
– Eso espero.

Estaba tan exhausta que no podía ni moverme de la cama. Todo estaba manchado, pero no tenía prisa alguna por ir a la ducha. Me sentía tan sucia, tan pringada por los jugos y el helado, que disfruté un tiempo mientras se colaba todo por mis poros esperando la siguiente llamada porno a la línea caliente. Hubo muchas más ese día, pero os las contaré en mis próximos relatos eróticos.

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Susana


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Ruby y Lily


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